miércoles, 10 de febrero de 2010

Pongámonos en antecedentes.

Día 1. O cómo sentirse una puta de pueblo.

A 3 supuestos días de que venga mi "amigo con derecho a roce" desde París mis noches se hacen eternas y los días pasan lentos como tortugas embarazadas después de los 40. Y es que en cualquier otra situación me sentiría contento y deseoso de disfrutar de su compañía. Pero no después de lo que pasó este fin de semana. Os pongo en antecedentes:

Hace 2 años conocí a un chico, llamémoslo Álvaro. El primer día de conocernos acabó en felaciones mutuas y orgasmo (suyo). Después hemos quedado para liarnos alguna vez, sin llegar a tanto y desde la última vez que nos liamos (hará unos 3 meses) cogimos bastante confianza y teníamos algo de relación como amigos. Tonteábamos, nos mirábamos, nada más. Después me enteré de que él estaba también de royo con otro y desde aquel día no le volví a dirigir la palabra. Borré su móvil, su tuenti, su messenger... Álvaro desapareció de mi vida ya que yo no podía evitar lamerle el culo y la única forma para hacerlo era eliminarlo de mi mundo. Ese fue el regalo que me hizo por navidad. Día en el que conocí a Parisino.

Esa noche sólo hubo llantos ridículos deribados de una ingesta más que indebida de alcohol y conversaciones inconcluentes y ridículas por lo que quedamos unos días después para hablar y conocernos. Resulta que él vivía antes aquí, en Villa Diamante, pero que hace poco se fue a Valencia y hace menos, se fue de Erasmus a París. Físicamente Parisino es alto, moreno, con el típico pelo a lo GayIndie. Delgado y con un ligero buen tono muscular. Y en la cama hace que se me muevan los dedos de los pies y que manche el suelo de Ron de una patada. Han sido varios nuestros encuentros sexuales y todos geniales. Se fue a las tres semanas de conocernos de vuelta a París desde donde me habla mucho y tenemos buena relación, relación que quedó en el aire desde aquel momento.

Y entonces llegó este fin de semana: Álvaro quería hablar conmigo, me lo dijo una amiga ya que le era imposible ponerse en contacto directo con mi persona. Cual fue mi sorpresa cuando el sábado por la noche me lo encuentro en el bar donde suelo ir. Me agarra por la cintura y le digo que me deje tranquilo, me vuelve a agarrar, viene a mi y me dice que hablemos. Yo no quería porque sabía perfectamente en que iba a derivar la "
conversación". Pero finalmente, varias copas y algunos chupitos después fui yo el que le dijo que fueramos a la calle a que habláramos. Entonces escuché su perdón, sus historias victimistas del daño que le habían hecho a él estando con el otro. Blah blah blah... el resto de la conversación no tiene mucho jugo. Finalmente acabó tirándoseme a los morros en un ascensor y yo... arrepintiéndome de haberme echado esa colonia que estoy seguro de que fue la culpable de la situación, le besé y le abracé entre lágrimas ahogadas, creyéndome por unos minutos que nada había pasado y que todo iría bien. Fue cuando desperté y me di cuenta de que no debía estar haciendo eso y me solté de sus brazos para despedirme con un frío hasta luego. Llegé a mi casa en estado de shok y sin saber donde meterme. Era el segundo plato de alguien, y me habían servido frío.


Besos negros.
Mr G.